miércoles, 30 de mayo de 2018

LA BELLA ALIMAÑA





    En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que gobernaba una dama de las de finiquito en diferido, mantilla en ristre, simulación flaca y tesorero corredor. El tono quijotesco, mal que nos pese, es el único que le cuadra a la enloquecida y delirante sucesión de disparates en que se embarcó la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, ante la comisión de investigación de la financiación ilegal del PP.

  Cospedal se empeña en creer que un registrador de la propiedad barbudo y ceniciento es un príncipe azul; como don Quijote, se empecina en negar las evidencias, la caja B, los ordenadores destrozados a martillazos, o incluso que su marido, López del Hierro, sea el mismo López del Hierro que aparece en los papeles de Bárcenas. “López del Hierro hay muchos” dice Cospedala de la Mancha, evocando sin querer a aquel “M. Rajoy” que tampoco era exactamente el M. Rajoy presidente del gobierno. El momento de auténtico virtuosismo poético llegó cuando reconoció que el apartado “D. Cospedal” en los papeles de Bárcenas se refiere a ella misma, sí, pero sucede que los papeles de Bárcenas son falsos. Ahí tenemos una novela de caballerías real y fantástica al mismo tiempo-fantásticamente real, realmente fantástica- donde el tesorero, los sobres, los empresarios, los beneficiarios y hasta los jueces que han certificado su validez caen enredados en la telaraña de un complejo laberinto literario.

  El Quijote, decía Antonio Rey Hazas, que fue profesor mío en la Universidad Autónoma de Madrid, es como un camión de cuatro ejes: sigue rodando a través de los siglos y aguanta lo que le echen, lecturas románticas, comunistas, fascistas, posmodernistas. Hasta un cargamento entero de mierda del PP.



-David Torres en “Público”









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