
¿A la de cuantas vuelta se echa un perro?” me preguntaba mi abuelo José Álvarez. Yo fingía ignorar la respuesta a la inocente bromilla y ambos nos reíamos.
Un día de invierno calentábamos las manos en un brasero de carbón. Tras preguntármelo de nuevo se quedó con la mirada perdida en el rojo vivo de la candela. Los recuerdos, ingobernables como copos de nieve, que diría Whitman, anularon momentáneamente sus sentidos:
“Era diciembre de 1938, la riada humana huía carretera adelante sin destino cierto. José tirita bajo una manta blanqueada por la tremenda helada que cae. Con las caderas desechas tras días caminando, agotado y sin nada que comer, sale del camino y se acerca a los restos de un carretón enorme de madera que había ardido quien sabe por qué.
Él era un simple militante socialista que tras el golpe de estado del 18 de julio se había alistado en la Guardia de Asalto para defender la República. Este posicionamiento con la legalidad democrática que hasta unos años antes era un motivo de orgullo, ahora era una sentencia de muerte si caía en manos de los llamados nacionales. La guerra era un dramático caos, el peor posible. Pero además, al perderla, todos los referentes sobre los que aquella sociedad había construido su vida, desaparecían. Otra realidad muchísimo más dura se le imponía a quien sobreviviese.
Por un conductor de tanques de la CNT paisano suyo con el que se cruzó en la huida, supo que a su mujer, mi abuela, por el mero hecho de ser su esposa, le habían rapado la cabeza y paseado por las calles. La angustia lacerante de la impotencia convertía la rabia en dolor y le mordía las entrañas. Quizá no volviese a verla nunca más, no podría abrazarla para pedirle perdón por tanto sufrimiento inmerecido a su María, su valiente y trabajadora compañera. Pobre José, como si él tuviese la más mínima culpa de aquel gigantesco desaguisado.
En aquella Grazalema rota que se desangraba en sus hijos mártires de la canalla golpista, ella se había quedado sola luchando para sacar adelante sus cinco hijos, el más pequeño mamando todavía. Y lloró desconsolado por su familia, en un mundo sin esperanza donde los pistoleros, falangistas y sus contrarios, con el único argumento de la muerte, imponían sus fueros. Nadie estaba seguro en ninguna parte.
En aquel momento vio un perro abandonado acercarse agotado y famélico. El animal, tras olfatear el suelo desesperanzado, comenzó su ritual de vueltas antes de echarse sobre los restos chamuscados del toldo del carruaje, cerca de las agonizantes brasas..."
-S. P.
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