Nada podía hacer sospechar a Federico Trillo (en la foto) que la
paz de sus paseos por Belgravia, el barrio de los muy ricos de Londres, iba a
verse interrumpida por los fantasmas de los 62 militares del Yak 42, a los que
no es fácil ahuyentar por mucha misa diaria que uno se trague en el Bromton
Oratory o en la mismísima catedral de Westminster como acostumbra nuestro
supernumerario embajador. Y es que era difícil prever que desde el cementerio
de elefantes que es el Consejo de Estado surgiera un informe que denunciara 13
años después lo que era una evidencia antigua: que estuvo en manos del
Ministerio de Defensa evitar sus muertes y el calvario de unas familias con las
que nunca se hizo justicia.
Tras el accidente de Trebzon, cualquiera en su
lugar habría dimitido y, tras pedir perdón, hubiera permanecido escondido bajo
las piedras el resto de sus días. Pero Trillo no era cualquiera. A la ineptitud
de permitir que los militares españoles viajaran en un ataúd con alas sumó
después la indignidad de permitir un macabro reparto de sus restos a la carta
más alta y más tarde la cobardía de descargar en varios mandos militares su
propia responsabilidad. Si la conciencia le ha permitido proseguir adelante con
sus enjuagues y hasta pasar por diplomático es porque, sencillamente, carece de
ella.
A Trillo había que recompensarle con un exilio
dorado. Y tras descartarse la embajada en Washington, Margallo, que prometió
que se había acabado aquello de mandar a los amigos al extranjero y que las
legaciones serían ocupadas por diplomáticos de carrera o excepcionalmente por
“personas extraordinarias”, le concedió la de Londres. Manda huevos.
Desde entonces, el extraordinario Federico ha
vivido como un marajá, sobre todo desde que pudo contratar a un mayordomo que
repartiera el Ferrero Rocher en las recepciones. Para que la felicidad fuera
completa, sólo le faltó colocar a su niña como responsable de Turismo de la
propia embajada tal y como pretendía, pero la vida a veces es cruel y tiene
esos contratiempos.
Sin siquiera presentirlo, a la vuelta de la esquina
se ha topado con un pasado que es más difícil de enterrar que unos restos
calcinados repartidos entre decenas de ataúdes, cerrados bajo siete llaves para
que los familiares de los difuntos no pudieran percatarse de que rezaban a
otros muertos. Vuelve inopinadamente y de nada sirve comprar silencios con esa
caja B del partido, que tan bien conoce Trillo porque de ella salían sus
sobresueldos, y que sirvió para pagar la defensa de los militares procesados
por el accidente del Yak.
-Juan Carlos Escudier en PÚBLICO
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