
Finales de un lluvioso y frío marzo. El atardecer huye con la nuca mordida por la noche encolada de estrellas. Pasaron los temporales y la tierra se aprieta bajo la superficie exprimiendo la exhuberancia verde que aflora desesperada de sol y vida.
Camino campo a través oxigenándome y pensando. De pronto, allá lejos, oigo como las pieles atirantadas de los tambores vibran ante la percusión de la madera: “¡Porróm, prom, prom!”. Los niños de la banda del pueblo ensayan para la Semana Santa. Llevan ya varios meses practicando todas las tardes y su compás se ha estabilizado, suenan hondos y graves, como agotados por la disciplina y la reiteración.
Me siento en el tocón de un viejísimo olivo cerca de la solitaria carretera, al parecer algunos de estos gruesos árboles pueden andar ya por los dos mil años. Muy cerca de donde estoy se encontraba la ciudadela romana de Oscua, hoy desaparecida. Poso las palmas de mis manos en el milenario tronco y cerrando los ojos enchufo el corazón a su historia.
Los tambores que se oyen anuncian la llegada de las tropas de la Cohorte Baetica que va de paso hacia el norte por la Vía Hercúlea para reforzar a la Legio XX en su lucha con los indómitos astures arrinconados contra el mar. Deben pacificar o exterminar, que en lenguaje militar viene a ser lo mismo.
En esta pequeña villa fortificada de Oscua conviven gentes de aquí y de allí unidas por el instinto de supervivencia y la necesidad de una autoritas que decrete y proteja. También en este lugar vive retirado un viejo soldado arruinado e inservible ya por estar casi ciego y con el interior carcomido de la mala vida arrastrada durante los muchos años de servicio. Lleva más de un día oyendo la monótona percusión acercarse por el eco que devuelven las montañas. Cuando llegan a las empalizadas exteriores los portaestandartes de la vanguardia, el militar retirado, de nombre Columbus, le pide a un rapaz que pasaba alocado por la novedad que le diga el emblema que traen en las enseñas: “Un jabalí” le responde entre jadeos. En ese momento el lisiado veterano ya sabe que son las avanzadillas de la Legión Valeria Victrix. Él perteneció toda su vida activa a la número IX, la Hispana, creada por Cesar personalmente y que tenía, como todas las organizadas por él, un toro como divisa en sus guiones de parada.
Los posaderos preparan vino en cantidad, carne y garum para satisfacer a los insaciables visitantes de paso. Será una noche muy larga.
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Un coche me deslumbra al pasar, lleva la música a un volumen desaforado que espanta mi imaginada visión. Conforme se aleja, el silencio vuelve acariciando los tímpanos. Mi perrillo ya tiene hambre y quiere irse a la casa. Siento frío en los hombros. Subiéndome el cuello del chaquetón y calándome la gorra emprendo el camino de vuelta entre ladridos de alegría.
-S.P.
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