
Uno de los encantos de este medio es que permite una escucha distraída de tal manera que se la puede dejar encendida mientras se hace otra cosa; como en esas casas donde un televisor funciona día y noche sin que nadie le preste la menor atención. Kant decía de la escuela que, en primer lugar, nos enseña a permanecer sentados; la televisión nos mantiene en casa sin exigir nada. Para esta gente, que no es poca, cuya vida gira alrededor del pequeño planeta y que ha organizado su tiempo alrededor de ella, la televisión tal vez sea una amante tiránica, pero también muy complaciente, que exige a sus admiradores un culto más relajado con su indolente mariposeo que nos transforma en vagabundos, en pulgas saltarinas yendo de un canal a otro, capaces, una vez enganchados, de mirar prácticamente cualquier cosa con una indulgencia sin limites.
Ella juega tanto con el papel de señorita de compañía, como de exterminadora del silencio en lugares públicos. Pero, como en esas ceremonias en las que no se para de gritar para alejar a los demonios, ese ruido continuo se supone que servirá para alejar la melancolía, disipar la oscuridad, romper el aislamiento.
Aunque, de la misma forma que ocurre con otras drogas, el mejor uso del aparato es, como deberían saber los padres de alumnos, su racionamiento.
-Sobre un texto de Pascal Bruckner
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