
Recuerdo las clases en el Dojo del Maestro Yamashita en Madrid. Durante décadas tenían una firme y fija pauta marcada. Eran gemelas unas de otras invariablemente. En aquel mar de aparente rutina se ponía de manifiesto la vulgaridad, la perseverancia o el talento de tantos y tantos practicantes que pasamos por su tatami.
Dice el precepto que es difícil encontrar un ser especial pero que es fácil reconocerlo. Una de estas criaturas especiales era José Javier, un joven hijo de Madrid de lo más común, con sobrepeso por alimentación descontrolada y ausencia de ejercicio. Trabajaba de camarero en un bar frente al gimnasio del Sensei. Se inició en la práctica del Karate Goju Ryu y al acabar su jornada laboral bajaba a las profundidades de la sala de entrenamiento en calle Echegaray y se machacaba durante dos horas tres días a la semana.
Le llegó el momento de cumplir su servicio militar de donde vino más delgado, alejado ya de la nefasta influencia nutricional de las madres, que suelen confundir el cariño con la crianza y engorde del cerdo ibérico.
A la vuelta redobló sus entrenamientos. Cuando yo llegaba al vestuario allí estaba ya él, enfundado en la parte inferior del karategi y abierto completamente de piernas sobre el suelo, realizando unos inmisericordes ejercicios de estiramiento con el torso brillante de sudor. Así un día tras otro. Cuando terminaba la última clase nos reuníamos en cualquier bar cercano a beber unas cañas de cerveza con el Maestro acribillándolo a preguntas. Mientras tanto J.J. se metía en la reducida sauna de la instalación deportiva y seguía trabajando su elasticidad ayudado del tremendo calor. A través del pequeño cristal de la puerta de aquel tórrido cubículo se le veía mantener la postura Shiko dachi hasta lo inhumano, buscando la paz imposible de la perfección.
En los combates era implacable con cualquiera que tuviese un color en el cinturón, desde el último amarillo al mismísimo Yamashita. Cuando coincidían en los enfrentamientos en el tramo final de las clases uno frente al otro, podíamos oír los fortísimos impactos al encontrar cuerpo los golpes bajo la recia lona de los trajes, mientras los demás manteníamos a nuestros oponentes a raya con mayor o menor fortuna.
Una noche de viernes quedamos para tomar unas cervezas de importación por la zona de Malasaña, lo recuerdo perfectamente. Llegó con su coche y al descender me incliné con una profunda reverencia indiferente al tráfago de la calle. Luego de saludarnos y bien pertrechados con una jarra de rubísima Spaten y unas raciones de patatas bravas, me dijo que no le acababa de gustar que lo saludase de esa manera tan ostentosa. Mostrando mi alma le respondí:
“Lamento decirte que no te saludo a ti José Javier, saludo a la fuerza de la voluntad que se personaliza con tu presencia”. Con una intensa sonrisa asomándole a los ojos, levantó su cerveza y brindamos con fraternidad.
-S.P.
(En la foto el Yokozuna Takanohana en la postura Shiko dachi"-------------------------------------------