
Envejecer es jodido. Perdón, he estado buscando un
término menos malsonante, pero ninguno define con tal exactitud y contundencia
la sensación de fin de fiesta que te invade al comprobar que la imagen que te
devuelve el espejo y cómo te sientes piel adentro no coinciden en absoluto. No.
Envejecer no es difícil, ni molesto, ni fastidiado, que también. Es jodido. Que
jode lo suyo, vamos. Y eso que no estoy hablando de la enfermedad, del dolor, de
las pérdidas, de la desilusión, del tedio, de los sueños rotos o de los que no
pueden ser y además son imposibles, que son casi todos. Hablo, ni más pero ni
menos, de la huella del tiempo y de la desazón que produce en quien la acusa.
Nada nuevo bajo la bóveda celeste, vale. Es así desde Cleopatra y Marco
Antonio. Lo inédito, hoy, es que, con el arsenal cosmético, quirúrgico y
tecnológico para engañar al ojo, parece que envejecer es de pusilánimes, de
pasados de moda, de pobretones. Y si representas tus años porque no te operas,
o te pinchas, o te retocas, la culpa es tuya por cobarde, por tacaña, por
antigua.
(…)
Pues, no sé, me da entre pena, asco y miedo este
mundo sin arrugas, sin cicatrices, sin manchas. Sin sangre, sin sudor, sin
lágrimas. Sin vida.
- Luz Sánchez Mellado / EL PAÍS
(En la imagen la pobre esposa del Trump)
------------------------------------------------------------------------