Corría el año 2015. Estaba
enamoradísimo de una ex alumna a punto de divorciarse. Las clases
tenían lugar en el gimnasio de un instituto: una nave de altísimo techo que
contaba con un largo –y sucio- espejo en una pared. Ella asistió y participó en
algunas clases nocturnas.
Una tarde, jugueteando
mientras esperaba el comienzo de la práctica, proyectó su aliento en la parte
alta de un segmento del espejo. Allí escribió su nombre sobre el vaho junto a lo
que parecía el corazón atravesado por una flecha. Vi de lejos como lo hacía,
pero no presté más atención atendiendo como estaba a otros participantes.
Pasaron meses cargados
de excitantes experiencias. Pero los fríos del año siguiente trajeron la ruptura
sentimental. Mi vida siguió en su monotonía. Clases y más clases, viajes y
cursos, todo sazonado de soledad y con un persistente y agudo síndrome de
abstinencia de aquella divina mujer tóxica.
Un día, año y algo después
del corte con ella, llegué temprano como de costumbre a abrir la fría sala de prácticas. Habitualmente
tengo bastante tiempo por delante hasta el comienzo de la clase nocturna. A
veces practico los movimientos que voy a enseñar. Otras veces medito y otras
paseo mientras pienso. Esa tarde llovía y posiblemente no asistiría nadie a la
clase. En una de las vueltas me detuve ante la parte del espejo donde ella
escribió su nombre. Recordaba yo el episodio como si hubiese sido aquella
mañana. Se me ocurrió mirarlo más de cerca… y allí estaban las letras todavía!!!
Me dio un vuelco el
corazón e inconteniblemente brotaron lagrimas de puro gozo. Aquellas eran las letras
escritas por su dedo. Descubrirlas fue un eficaz bálsamo para mi desazón por no
haber sabido entenderla. Un regalo de la vida que me consoló durante mucho
tiempo en mis visitas nocturnas al sencillo altar cristalino.
Una eficiente limpiadora, un día cualquiera, se llevó en sus aditamentos de limpieza el último vestigio
de mi pagana devoción.
Hoy se cumplen cinco
años que cerramos la embajada del otro en nuestros corazones.
Me gustaría que no me
doliese la herida todavía.
-S.P.
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